jueves, 21 de mayo de 2015
20 Deseos.
1- Que no nos distraiga el circo alrededor.
2- Que no nos nublen los halagos, ni nos ahoguen las críticas.
3- Que nadie nos diga lo que somos, o lo que debemos ser.
4- Que nadie contamine lo que hacemos, o nos imponga lo que debemos hacer.
5- Que nadie nos regale un si, ni nos plante un no.
6- Que nada sobrepase las canciones.
7- Que no nos creamos ni mejores ni peores, pero sepamos que podemos ser mejores y ser peores.
8- Que tengamos las ideas claras pero los oídos abiertos.
9- Que aprendamos de los que han caminado antes que nosotros, y seamos luz para los que caminan después de nosotros.
10- Que siempre busquemos lo que nos une a los demás y dejemos de lado lo que nos separa.
11- Que encontremos nuestra propia voz.
12- Que desconfiemos de cada verso y cada coro, hasta que no quede más remedio que confiar en ellos.
13- Que tengamos claro qué precio estamos dispuestos a pagar para lograr lo que queremos. Así no hay lugar a quejas ni desilusiones.
14- Que nuestra alma salga ilesa de la feria del ego.
15- Que nos demos el derecho a equivocarnos.
16- Que no nos gane la prisa, ni la posición en un listado.
17- Que sepamos que siempre va a ser necesaria una canción.
18- Que brindemos nuestro punto de vista honesto.
19- Que aparezca la canción.
20- Que sepamos que el nuestro es un oficio, como cualquier otro, tan extraordinario como cualquier otro. Parte de un gran mecanismo llamado humanidad.
martes, 17 de marzo de 2015
Estallido
Empezaba el 2.015, y la pasividad de el eterno domingo que es Enero hacía estragos en mi cabeza. En una de esas interminables diatribas internas sobre el futuro y el pasado aparecía un interrogante, ¿dónde está el estallido que impulse mi carrera adonde la quiero tener? Esa pregunta me daba vueltas en la cabeza y martillaba mi sueño incesantemente. Al cabo de unos días, en mi bandeja de entrada aparece uno de los muchos mails que mi Manager Mariana Zuloaga me envía a diario, el asunto leía: Agenda 2.015.
Yo, que aún estaba esperando el estallido, me veía frente a la pantalla de mi teléfono leyendo que nuestro Tour #EstarVivos iba a estar en más de 15 ciudades en Colombia, en 2 ciudades de Argentina, en 3 ciudades de España, 4 de Ecuador, seguramente en 4 de México, que íbamos a ir a tocar por primera vez a lugares como Costa Rica o Perú, Guatemala, que volveríamos a República Dominicana como el año anterior; además de todo leía que Sony estaba preparando una primera visita promocional para mostrar mi trabajo en USA, y algunas cosas más que nos esperaban en este año, que empezaron a bombear con más fuerza la sangre a mi corazón.
De repente el esperado estallido perdió toda relevancia, no había tal estallido, existen maneras en las que no hay tal estallido, y no lo hay porque todo lo hemos construido paso a paso, canción a canción, disco a disco, show a show, entrevista a entrevista, y al final de eso se trata. De repente en un conversartorio que hice hace un par de semanas junto al cantautor español Ismael Serrano aparece la frase: 'Para el cantautor lo importante es el repertorio, no el hit', o algo así pero en esencia eso. A mi me llena de orgullo estar hablando de un 5to disco en mi carrera, construidos los 5 con canciones propias, algunas seguramente más afortunadas que otras, 3 de ellas coescritas con el maravilloso Fernando Osorio, pero todas con el mensaje que de alguna manera yo percibí del universo.
Cada camino es válido para quien lo emprende, mientras se pueda mirar al espejo y tenga claro el precio que está pagando. Obvio que todos queremos ser exitosos en lo que hacemos, ahora bien, creo yo que eso aplica siempre y cuando cada uno acepte y descifre su propia visión del éxito, y amigos, créanme que el 'cómo' si importa. A mi no me gusta lo que hace Alejandro Sanz por los #1 que haya tenido en su carrera, me enamora su arte por las canciones memorables que me ha entregado como público suyo que soy, y sigo disco a disco lo que hace Jorge Drexler sin importar si suena en esta emisora o en esta otra, o cuántos Grammy's tenga en alguna estantería de su casa, lo sigo porque admiro su coherencia y su libertad. Al final la admiración no está en los charts, está en lo que una canción te haga sentir.
Mi Manager me conoció cantando en un bar, y una noche cuando me bajé del escenario en ese bar me dijo con su acento argentino: '¿Vos qué hacés acá? ¡A vos te tiene que oír el mundo entero!', y yo le dije: 'Bueno, ayúdame a que así sea', y lo está haciendo paso a paso, canción a canción, disco a disco, show a show, entrevista a entrevista. También me preguntó en algún momento acerca de qué tipo de artista quería ser yo, se lo he ido mostrando y demostrando de la misma forma.
La prisa es una fiebre que nos entra de tanto en cuanto y nos dice que estamos enfermos de impaciencia, una condición aparentemente crónica y por momentos crítica, a mi me da esa fiebre, luego miro hacia atrás y se me quita, entonces respiro feliz.
Bonus track: Esto no es de versiones, es de canciones. Respire feliz.
Yo, que aún estaba esperando el estallido, me veía frente a la pantalla de mi teléfono leyendo que nuestro Tour #EstarVivos iba a estar en más de 15 ciudades en Colombia, en 2 ciudades de Argentina, en 3 ciudades de España, 4 de Ecuador, seguramente en 4 de México, que íbamos a ir a tocar por primera vez a lugares como Costa Rica o Perú, Guatemala, que volveríamos a República Dominicana como el año anterior; además de todo leía que Sony estaba preparando una primera visita promocional para mostrar mi trabajo en USA, y algunas cosas más que nos esperaban en este año, que empezaron a bombear con más fuerza la sangre a mi corazón.
De repente el esperado estallido perdió toda relevancia, no había tal estallido, existen maneras en las que no hay tal estallido, y no lo hay porque todo lo hemos construido paso a paso, canción a canción, disco a disco, show a show, entrevista a entrevista, y al final de eso se trata. De repente en un conversartorio que hice hace un par de semanas junto al cantautor español Ismael Serrano aparece la frase: 'Para el cantautor lo importante es el repertorio, no el hit', o algo así pero en esencia eso. A mi me llena de orgullo estar hablando de un 5to disco en mi carrera, construidos los 5 con canciones propias, algunas seguramente más afortunadas que otras, 3 de ellas coescritas con el maravilloso Fernando Osorio, pero todas con el mensaje que de alguna manera yo percibí del universo.
Cada camino es válido para quien lo emprende, mientras se pueda mirar al espejo y tenga claro el precio que está pagando. Obvio que todos queremos ser exitosos en lo que hacemos, ahora bien, creo yo que eso aplica siempre y cuando cada uno acepte y descifre su propia visión del éxito, y amigos, créanme que el 'cómo' si importa. A mi no me gusta lo que hace Alejandro Sanz por los #1 que haya tenido en su carrera, me enamora su arte por las canciones memorables que me ha entregado como público suyo que soy, y sigo disco a disco lo que hace Jorge Drexler sin importar si suena en esta emisora o en esta otra, o cuántos Grammy's tenga en alguna estantería de su casa, lo sigo porque admiro su coherencia y su libertad. Al final la admiración no está en los charts, está en lo que una canción te haga sentir.
Mi Manager me conoció cantando en un bar, y una noche cuando me bajé del escenario en ese bar me dijo con su acento argentino: '¿Vos qué hacés acá? ¡A vos te tiene que oír el mundo entero!', y yo le dije: 'Bueno, ayúdame a que así sea', y lo está haciendo paso a paso, canción a canción, disco a disco, show a show, entrevista a entrevista. También me preguntó en algún momento acerca de qué tipo de artista quería ser yo, se lo he ido mostrando y demostrando de la misma forma.
La prisa es una fiebre que nos entra de tanto en cuanto y nos dice que estamos enfermos de impaciencia, una condición aparentemente crónica y por momentos crítica, a mi me da esa fiebre, luego miro hacia atrás y se me quita, entonces respiro feliz.
Bonus track: Esto no es de versiones, es de canciones. Respire feliz.
miércoles, 15 de enero de 2014
El odio enquistado
Sí, fue un tuit insensible en un momento muy sensible para mucha gente, para su familia, y para todos los seguidores de su música, que además son muchísimos, a la altura de su larga y prolífica carrera. Cuando me enteré de la muerte del cantante y compositor vallenato Diomedes Díaz, y cuando empecé a ver y leer el despliegue de los medios ante este hecho, me imaginé que la familia de Doris Adriana Niño debía estar reviviendo con dolor el episodio de su muerte, no por capricho mío, sino porque en todos los informes hablaban de este hecho en el que Diomedes se vio involucrado, y me puse en el lugar de sus padres, como padre que ahora soy, lo que derivó en el tuit que publiqué, sin haber hecho el ejercicio espiritual de también ponerme en el lugar de la esposa, hijos, amigos, dolientes y miles y miles de seguidores del llamado 'Cacique de la junta', quienes a su vez estaban sumergidos en un profundo dolor.
Inmediatamente recibí reacciones aireadas en contra de mi mensaje y en ese debate hubo una serie de respuestas de mi parte, muchas de ellas desafortunadas para el momento.
Mi intención nunca fue celebrar la muerte del señor Díaz, nunca me he alegrado, y estoy seguro que no lo haré, por la muerte de nadie. Toda vida merece ser respetada, toda! Tampoco quise ofender un género musical que forma parte preponderante de nuestra identidad como país, del cual soy admirador, y muchísimo menos ofender a una región maravillosa como la costa Caribe, que dicho sea de paso, ha sido infinitamente generosa conmigo y con mis canciones, por lo cual estoy muy agradecido.
Debido a mi tuit, y a los comentarios posteriores, recibimos sinnúmero de insultos, mensajes agresivos, e incluso varias amenazas de muerte contra mi, y lo que es peor, contra mi familia.
Varios de ustedes conocen este episodio que estoy narrando, y otros se estarán enterando a medida que leen este blog, pero lo que quiero compartir realmente es lo que me ha dejado.
Me ha dejado la sensación de que el odio lo tenemos enquistado en nuestro ADN. Me ha dejado la sensación que vivimos tan frustrados con nuestra realidad, y ha pesado tanto la historia de sangre y muerte que hemos padecido como nación, que no tenemos otra manera de relacionarnos con quien piensa distinto que no sea a los insultos, a los golpes, e incluso a bala.
Me ha dejado la sensación que la violencia también se nos enquistó en el ADN. Que buscamos incansablemente excusas para permitirnos desfogar la ira que nos generan nuestras frustraciones, con quien primero encontremos en el camino y que no nos caiga en gracia. Buscamos también, incansables motivos para separarnos, nos concentramos en la diferencia, y no en el punto en común.
Nos separan nuestras inclinaciones políticas, y nos agredimos profundamente por nuestra intención de voto. Nos separan nuestras pasiones futbolísticas, y mueren jóvenes simplemente porque llevaban una camiseta de un equipo rival. Nos separan barrios, y más jóvenes mueren porque se quedaron dormidos en el bus y terminaron en un barrio vecino que era controlado por una pandilla rival. Nos separan nuestras fronteras internas y nos burlamos menospreciando la idiosincracia de la región vecina.
Tan sorprendido me encontré leyendo la cantidad de barbaridades que me escribían atacándome, como con las publicaciones de algunos 'defensores' míos que usaban el mismo lenguaje ofensivo, o incluso peor, que quienes me reclamaban, simplemente con el argumento que son de otra región del país, o porque les gusta otro género musical.
Sentí miedo, no sólo por mi seguridad personal y la de mi familia, sino también sentí miedo como ciudadano, y era un miedo acompañado de tristeza, porque en un momento como el que estamos viviendo ahora, con tanto en juego por nuestro futuro como país, la tolerancia y el perdón parecen demasiado lejanos.
Tolerancia y perdón, dos palabras que encierran tanto poder, dos significados que solamente tienen sentido cuando los empezamos a aplicar hacia nosotros mismos. Tolerar y perdonar nuestros errores, para poder tolerar y perdonar los del vecino, tan sencillo y tan poderoso como eso, viéndolo bien, la tolerancia y el perdón no son nada más, ni nada menos, que un espejo en el cual nos miramos, y ahí debe empezar todo.
Como lo dije en algún tuit posterior, la lección que me ha dejado este episodio es inmensa, me vi reflejado en todo lo que pasó, y hubo muchas cosas de mi mismo que tuve que tolerar y perdonar.
Lo que sí tengo claro, y quiero gritar desde lo más profundo de mi alma, es que me rehuso a llevar el odio y la violencia enquistados en mi ADN. Empiezo por ahí, y creo que es un buen comienzo.
Inmediatamente recibí reacciones aireadas en contra de mi mensaje y en ese debate hubo una serie de respuestas de mi parte, muchas de ellas desafortunadas para el momento.
Mi intención nunca fue celebrar la muerte del señor Díaz, nunca me he alegrado, y estoy seguro que no lo haré, por la muerte de nadie. Toda vida merece ser respetada, toda! Tampoco quise ofender un género musical que forma parte preponderante de nuestra identidad como país, del cual soy admirador, y muchísimo menos ofender a una región maravillosa como la costa Caribe, que dicho sea de paso, ha sido infinitamente generosa conmigo y con mis canciones, por lo cual estoy muy agradecido.
Debido a mi tuit, y a los comentarios posteriores, recibimos sinnúmero de insultos, mensajes agresivos, e incluso varias amenazas de muerte contra mi, y lo que es peor, contra mi familia.
Varios de ustedes conocen este episodio que estoy narrando, y otros se estarán enterando a medida que leen este blog, pero lo que quiero compartir realmente es lo que me ha dejado.
Me ha dejado la sensación de que el odio lo tenemos enquistado en nuestro ADN. Me ha dejado la sensación que vivimos tan frustrados con nuestra realidad, y ha pesado tanto la historia de sangre y muerte que hemos padecido como nación, que no tenemos otra manera de relacionarnos con quien piensa distinto que no sea a los insultos, a los golpes, e incluso a bala.
Me ha dejado la sensación que la violencia también se nos enquistó en el ADN. Que buscamos incansablemente excusas para permitirnos desfogar la ira que nos generan nuestras frustraciones, con quien primero encontremos en el camino y que no nos caiga en gracia. Buscamos también, incansables motivos para separarnos, nos concentramos en la diferencia, y no en el punto en común.
Nos separan nuestras inclinaciones políticas, y nos agredimos profundamente por nuestra intención de voto. Nos separan nuestras pasiones futbolísticas, y mueren jóvenes simplemente porque llevaban una camiseta de un equipo rival. Nos separan barrios, y más jóvenes mueren porque se quedaron dormidos en el bus y terminaron en un barrio vecino que era controlado por una pandilla rival. Nos separan nuestras fronteras internas y nos burlamos menospreciando la idiosincracia de la región vecina.
Tan sorprendido me encontré leyendo la cantidad de barbaridades que me escribían atacándome, como con las publicaciones de algunos 'defensores' míos que usaban el mismo lenguaje ofensivo, o incluso peor, que quienes me reclamaban, simplemente con el argumento que son de otra región del país, o porque les gusta otro género musical.
Sentí miedo, no sólo por mi seguridad personal y la de mi familia, sino también sentí miedo como ciudadano, y era un miedo acompañado de tristeza, porque en un momento como el que estamos viviendo ahora, con tanto en juego por nuestro futuro como país, la tolerancia y el perdón parecen demasiado lejanos.
Tolerancia y perdón, dos palabras que encierran tanto poder, dos significados que solamente tienen sentido cuando los empezamos a aplicar hacia nosotros mismos. Tolerar y perdonar nuestros errores, para poder tolerar y perdonar los del vecino, tan sencillo y tan poderoso como eso, viéndolo bien, la tolerancia y el perdón no son nada más, ni nada menos, que un espejo en el cual nos miramos, y ahí debe empezar todo.
Como lo dije en algún tuit posterior, la lección que me ha dejado este episodio es inmensa, me vi reflejado en todo lo que pasó, y hubo muchas cosas de mi mismo que tuve que tolerar y perdonar.
Lo que sí tengo claro, y quiero gritar desde lo más profundo de mi alma, es que me rehuso a llevar el odio y la violencia enquistados en mi ADN. Empiezo por ahí, y creo que es un buen comienzo.
viernes, 5 de julio de 2013
CONTROL
Me he reunido ultimamente con artistas amigos, colegas que están a punto de lanzar sus nuevos discos, proyectos en los que han invertido el alma, y de ahí para abajo una cantidad de talento, esfuerzo y dinero muy importante, adentrándose a esa maravillosa desnudez que significa mostrar canciones nuevas. La mayor parte de ellos son compositores de sus propios temas, con lo cual esa desnudez es aún más profunda.
A todos de ellos los asaltan las mismas dudas que nos han asaltado a todos, y, lamento decirlo, nos siguen asaltando, ¿el disco será bien recibido?, ¿mi canción tendrá la exposición que quiero en la radio?, ¿podré tener el espacio necesario para mostrar mis canciones en vivo?
El control es una ilusión, lo que pasa es que al ser humano le fascina creerse la mentira que tiene el control sobre sus situaciones. En todo el proceso que significa la construcción de un disco esa ilusión llega hasta el momento de la masterización, uno puede creer tener control sobre las canciones que escribe, puede creer compartir el control del desarrollo de esas canciones con el productor del disco y darles el sonido que pretende, y puede influir en como se desarrolla la mezcla y la masterización de su álbum, pero a partir de ese momento la neblina es espesa y se extiende por kilómetros a la redonda, no se ve a dos metros de la nariz, y no hay certeza alguna de lo que ocurrirá con el siguiente paso.
Si uno va a tener un equipo que desarrolle el disco comercialmente, ya sea una disquera o un equipo de promoción y comercialización independiente, debe confiar en el trabajo de esa gente, pero si acerca bien la lupa, ahí ya entraron otras manos a funcionar en el proceso, ya esa ilusión de control se va dividiendo en varios factores.
Como la música es de gustos, pues nada garantiza que al director de tal o cual emisora o medio de comunicación le guste lo que uno hace, así que ya entramos a un plano subjetivo en el que la ilusión de control se sigue desvaneciendo. La anterior premisa parte de la base que la decisión de la programación de la emisora se dicta exclusivamente bajo la directriz del gusto y la visión del director de esa emisora , o de la cadena radial, pero para efectos de este texto la conclusión es la misma, la ilusión de control se sigue diluyendo.
Y llegamos al público, al oído del oyente, la segunda variable más relevante de esta ecuación después de las canciones, y ahí si nadie, absolutamente nadie, tiene el control, por más que haya gente que nos quiera vender lo contrario, la canción le llega a la gente, o no, así de simple, sin importar la vía por la cual lo hizo, y afortunadamente ahora las vías son muchas.
La omnipresente internet y sus distintas plataformas de streaming y video, abren un panorama inagotable de posibilidades de autopromoción para el artista, y en esas plataformas lo verdaderamente relevante es la identidad, lo auténtico, lo que lo hace a uno diferente de otro músico, y lo que lo hace a uno parecido a su público, con lo que ese público se puede relacionar. La identidad es parte de tu ser, ahí nadie puede ejercer presión, nadie tiene la ilusión de control sobre eso, y es exactamente eso es lo que debe trasmitir el arte.
Nos preocupamos pensando en el desarrollo del disco, cuando lo importante es ocuparnos en que su contenido sea coherente, serio, estructurado. Lo fundamental en esto siguen siendo las canciones, esas ultrajadas obviedades en la industria actual del entretenimiento, y es ahí donde esa ilusión de control está más a la mano. Hagamos canciones de las que nos sintamos orgullosos, ahí si tenemos todo el poder de influencia, y seguramente si partimos desde ese punto, lo demás vendrá.
Bonus Track: Que nadie nos limite demográficamente las canciones, la demografía es una ciencia inútil en la música, cuando la canción aparece llega donde tiene que llegar, sin importar edad o posición social. A la mierda con los términos 'juvenil' o 'adulto contemporáneo', una canción, cuando es canción, atraviesa la pared que se le ponga en frente.
A todos de ellos los asaltan las mismas dudas que nos han asaltado a todos, y, lamento decirlo, nos siguen asaltando, ¿el disco será bien recibido?, ¿mi canción tendrá la exposición que quiero en la radio?, ¿podré tener el espacio necesario para mostrar mis canciones en vivo?
El control es una ilusión, lo que pasa es que al ser humano le fascina creerse la mentira que tiene el control sobre sus situaciones. En todo el proceso que significa la construcción de un disco esa ilusión llega hasta el momento de la masterización, uno puede creer tener control sobre las canciones que escribe, puede creer compartir el control del desarrollo de esas canciones con el productor del disco y darles el sonido que pretende, y puede influir en como se desarrolla la mezcla y la masterización de su álbum, pero a partir de ese momento la neblina es espesa y se extiende por kilómetros a la redonda, no se ve a dos metros de la nariz, y no hay certeza alguna de lo que ocurrirá con el siguiente paso.
Si uno va a tener un equipo que desarrolle el disco comercialmente, ya sea una disquera o un equipo de promoción y comercialización independiente, debe confiar en el trabajo de esa gente, pero si acerca bien la lupa, ahí ya entraron otras manos a funcionar en el proceso, ya esa ilusión de control se va dividiendo en varios factores.
Como la música es de gustos, pues nada garantiza que al director de tal o cual emisora o medio de comunicación le guste lo que uno hace, así que ya entramos a un plano subjetivo en el que la ilusión de control se sigue desvaneciendo. La anterior premisa parte de la base que la decisión de la programación de la emisora se dicta exclusivamente bajo la directriz del gusto y la visión del director de esa emisora , o de la cadena radial, pero para efectos de este texto la conclusión es la misma, la ilusión de control se sigue diluyendo.
Y llegamos al público, al oído del oyente, la segunda variable más relevante de esta ecuación después de las canciones, y ahí si nadie, absolutamente nadie, tiene el control, por más que haya gente que nos quiera vender lo contrario, la canción le llega a la gente, o no, así de simple, sin importar la vía por la cual lo hizo, y afortunadamente ahora las vías son muchas.
La omnipresente internet y sus distintas plataformas de streaming y video, abren un panorama inagotable de posibilidades de autopromoción para el artista, y en esas plataformas lo verdaderamente relevante es la identidad, lo auténtico, lo que lo hace a uno diferente de otro músico, y lo que lo hace a uno parecido a su público, con lo que ese público se puede relacionar. La identidad es parte de tu ser, ahí nadie puede ejercer presión, nadie tiene la ilusión de control sobre eso, y es exactamente eso es lo que debe trasmitir el arte.
Nos preocupamos pensando en el desarrollo del disco, cuando lo importante es ocuparnos en que su contenido sea coherente, serio, estructurado. Lo fundamental en esto siguen siendo las canciones, esas ultrajadas obviedades en la industria actual del entretenimiento, y es ahí donde esa ilusión de control está más a la mano. Hagamos canciones de las que nos sintamos orgullosos, ahí si tenemos todo el poder de influencia, y seguramente si partimos desde ese punto, lo demás vendrá.
Bonus Track: Que nadie nos limite demográficamente las canciones, la demografía es una ciencia inútil en la música, cuando la canción aparece llega donde tiene que llegar, sin importar edad o posición social. A la mierda con los términos 'juvenil' o 'adulto contemporáneo', una canción, cuando es canción, atraviesa la pared que se le ponga en frente.
viernes, 8 de febrero de 2013
INFALIBLES
En el día a día la gente hace las cosas lo mejor que puede, esos quienes tienen la fortuna de hacer algo que les gusta hacer, los otros, los que hacen lo que les toca, hacen las cosas apenas bien, o de mala gana, según su ética de trabajo.
Esa gente, todos nosotros, somos quienes oímos música, cada uno en el escenario que sus posibilidades lo permite, unos en la radio, otros en las plataformas digitales, y estamos los pocos que compramos música, discos. Esa gente, todos nosotros, tenemos la triste costumbre de pedirle infalibilidad a nuestros ídolos, obviamente a nuestros artistas, y no perdonamos cuando el trabajo que nos ofrecen no se acerca a lo genial, sin importar lo geniales que hayan sido en algún momento, los queremos infalibles.
Alguna vez una estrella de la música latina, de esos que dominan los listados Billboard de ventas de discos y sonadas en radio, dijo una frase que encontré tan triste como cierta, dentro del escenario comercial de la música y el público que se alimenta de él, esta estrella dijo: 'uno es tan bueno como su último sencillo...' La arrogancia con la que exigimos esa infalibilidad es tan grande como la mediocridad con la que afrontamos nuestros propios emprendimientos. Y esa arrogancia le permite a esa gente, a todos nosotros, tirar por la borda momentos geniales, discos brillantes, simplemente porque la nueva propuesta no les dijo nada, y lanzan frases, esa gente, todos nosotros, como 'está acabado'.
Tenemos poca memoria, y nuestra propia mediocridad nos sirve de escudo para tirar la piedra y esconder la mano al paso del ídolo de otros tiempos, que es tan osado de atreverse a seguir haciendo música a pesar de su genialidad. Me remito a la música porque es mi escenario, pero pasa en el fútbol, en el cine o en la tv, pasa donde hay ídolos.
Esa gente, todos nosotros, no respeta trayectoria, y menos en un país donde las figuras que le dieron un giro trascendental a la industria discográfica nacional (léase bien que no digo a la música como forma de arte, me refiero a la música como industria), como Carlos Vives y su colectivo de La Provincia con Iván Benavides, y los Bloque, y los Sidestepper, o Los Aterciopelados, apenas se mueven entre los 45 y 50 años. Les exigimos como si nos debieran, cuando lo que han hecho es darnos a raudales.
Pero vaya alguno de nosotros, de esa gente, a ser capaz de hacer un 'Tengo Fé', o un 'Caribe atómico', o algo de ese calibre en lo que cada uno hace, ahhhh, ahí la cosa ya no es tan sencilla. A esa gente, a todos nosotros, le cuesta tener leyendas, pero no por falta de candidatos, es simplemente porque tenemos la cabeza tan metida entre las piernas que nos cuesta valorar lo que el de al lado hace.
Decía mi amigo Nacho Mañó (@NachoPresuntos) que en España hay un dicho popular que reza: 'Pero cómo va a ser buen poeta? Si es vecino mío...' No es un llamado a la mediocridad ni mucho menos, también es cierto que de quienes nos han removido el alma y el cuerpo esperamos grandes cosas, pero que ese deseo nos se convierta en exigencia déspota, y que esa exigencia déspota no nuble la memoria, ni deslegitime el merecido lugar de la gente que nos ha llenado de música, y sobre todo, ojo con la sentencia fácil. Infalibles en la opinión y en la crítica, pero inflamables en la acción.
Esa gente, todos nosotros, somos quienes oímos música, cada uno en el escenario que sus posibilidades lo permite, unos en la radio, otros en las plataformas digitales, y estamos los pocos que compramos música, discos. Esa gente, todos nosotros, tenemos la triste costumbre de pedirle infalibilidad a nuestros ídolos, obviamente a nuestros artistas, y no perdonamos cuando el trabajo que nos ofrecen no se acerca a lo genial, sin importar lo geniales que hayan sido en algún momento, los queremos infalibles.
Alguna vez una estrella de la música latina, de esos que dominan los listados Billboard de ventas de discos y sonadas en radio, dijo una frase que encontré tan triste como cierta, dentro del escenario comercial de la música y el público que se alimenta de él, esta estrella dijo: 'uno es tan bueno como su último sencillo...' La arrogancia con la que exigimos esa infalibilidad es tan grande como la mediocridad con la que afrontamos nuestros propios emprendimientos. Y esa arrogancia le permite a esa gente, a todos nosotros, tirar por la borda momentos geniales, discos brillantes, simplemente porque la nueva propuesta no les dijo nada, y lanzan frases, esa gente, todos nosotros, como 'está acabado'.
Tenemos poca memoria, y nuestra propia mediocridad nos sirve de escudo para tirar la piedra y esconder la mano al paso del ídolo de otros tiempos, que es tan osado de atreverse a seguir haciendo música a pesar de su genialidad. Me remito a la música porque es mi escenario, pero pasa en el fútbol, en el cine o en la tv, pasa donde hay ídolos.
Esa gente, todos nosotros, no respeta trayectoria, y menos en un país donde las figuras que le dieron un giro trascendental a la industria discográfica nacional (léase bien que no digo a la música como forma de arte, me refiero a la música como industria), como Carlos Vives y su colectivo de La Provincia con Iván Benavides, y los Bloque, y los Sidestepper, o Los Aterciopelados, apenas se mueven entre los 45 y 50 años. Les exigimos como si nos debieran, cuando lo que han hecho es darnos a raudales.
Pero vaya alguno de nosotros, de esa gente, a ser capaz de hacer un 'Tengo Fé', o un 'Caribe atómico', o algo de ese calibre en lo que cada uno hace, ahhhh, ahí la cosa ya no es tan sencilla. A esa gente, a todos nosotros, le cuesta tener leyendas, pero no por falta de candidatos, es simplemente porque tenemos la cabeza tan metida entre las piernas que nos cuesta valorar lo que el de al lado hace.
Decía mi amigo Nacho Mañó (@NachoPresuntos) que en España hay un dicho popular que reza: 'Pero cómo va a ser buen poeta? Si es vecino mío...' No es un llamado a la mediocridad ni mucho menos, también es cierto que de quienes nos han removido el alma y el cuerpo esperamos grandes cosas, pero que ese deseo nos se convierta en exigencia déspota, y que esa exigencia déspota no nuble la memoria, ni deslegitime el merecido lugar de la gente que nos ha llenado de música, y sobre todo, ojo con la sentencia fácil. Infalibles en la opinión y en la crítica, pero inflamables en la acción.
sábado, 19 de mayo de 2012
jueves, 9 de febrero de 2012
Tercer Acto

A medida que se acerca el cierre del ciclo de ‘Cruce de caminos’ voy recorriendo paso por paso, desde el comienzo, desde escribir esa primera canción, cada momento que ha hecho de estos años los más excitantes y aleccionadores de mi vida.
Acabo de cumplir 36 años y tengo claro que este ciclo empezó a finales de 2006, cuando tenía 30 y decidí recuperar el control de mi vida, y ese proceso habría sido infructuoso de no haber contado con el apoyo incondicional de mi familia y de la gente que estuvo cerca en los peores momentos y, ¿por qué no decirlo? Recuperé el control de mi vida también gracias a la gente que se quiso ir. Los grandes procesos en la vida generan una decantación en tus círculos más cercanos que hacen que se vaya lo que no sirve y se quede lo que alimenta.
Alguna vez escribí o dije que la primera de las 30 canciones que compuse para este ‘Cruce de caminos’ tenía un título que resultaría ser premonitorio para todo lo que estaba viviendo y viviría en los años por venir, esa canción se llamó ‘Aprendizaje’. No quedó en la selección final por motivos que ahora al oírla son obvios, no era una canción muy afortunada, pero realmente todo esto ha resultado un gran aprendizaje.
Aprendí que en mi vida son fundamentales 3 palabras, tanto lo son que las llevo tatuadas en mi piel, y esas palabras son CONSTANCIA, EQUILIBRIO y COHERENCIA. Vaya empresa la de aplicar por lo menos alguna de esas tres! Se que soy constante, una manera positiva de denominar la terquedad, porque perseguí mi sueño y ahora lo vivo y lo cultivo, y se que en la constancia intentaré encontrar el equilibrio y mantener la coherencia, algunas veces con éxito y otras no, pero siempre en el intento.
Aprendí que mi mayor enemigo fui siempre yo mismo, y que durante muchos años la única persona que se interpuso en mi crecimiento emocional, espiritual y profesional fui yo mismo. Nada más facilista y patético que buscar enemigos, y esa fue mi tarea en mis días más oscuros. Culpando a mis padres, culpando a las mujeres que pasaron por mi vida, culpando a los de la radio, culpando a los disqueros, culpando a los colegas, en fin, culpando al mundo entero de mi tormenta, sin mirar hacia adentro para encontrar al verdadero culpable. Fue en el preciso instante en que me di cuenta que la responsabilidad de mi vida estaba en mis manos, y solamente en mis manos, que todo encajó donde debía.
Aprendí que lo más relevante en el proceso creativo artístico es la honestidad, ni hablar de todos los demás aspectos de la vida y la sociedad, pero en el arte es el mayor activo, y el terreno más fértil y longevo para crear un lazo indestructible entre quien hace y canta una canción y entre quien oye y siente esa canción. Me he dado cuenta que la relación que hemos entablado con muchas de las personas que siguen lo que hacemos va mucho más allá de una canción, compartimos una manera de ver y vivir la vida. Es en la honestidad donde se encuentra la propia voz.
Aprendí que no hay absolutos, que cada quien tiene su propia verdad, y que las palabras ‘bueno’ o ‘malo’ no aplican en el arte. El arte solamente puede ser medido en terminos subjetivos, una obra te dice algo o no te dice nada, te llega o te pasa de largo, ya sea una pintura, una película, una canción, pero el artista, o por lo menos quisiera pensar que la mayoría de artistas tuvieron motivos reales y suficientes para crear esa obra.
Aprendí que soy inseguro, y que sigo teniendo un tirano que vive dentro de mi y me impide disfrutar de todo a plenitud. A veces parece ese viejo y cansado dictador que todavía cree tener el poder cuando en realidad sus días están contados, y otras parece ese déspota firme y vigoroso con el poder de arrasar con quien se le atraviese para hacer su voluntad. Es una lucha permanente que a la vez inspira y reta, pero así mismo una lucha agotadora que ha dejado muchas víctimas. Aprendí que me aferro a esa inseguridad y trato de manejarla a mi favor.
Aprendí que es en la incertidumbre donde me siento más cómodo para crear, más que buscar respuestas he ido buscando preguntas, porque las respuestas no están en mis manos, en cambio las preguntas son mi absoluta potestad.
Sobre todo aprendí que amo lo que hago, y que le agradezco a la vida poder sentarme a escribir una canción, para luego entrar a un estudio y grabarla, y así finalmente poder compartirla con quien quiera hacerlo.
Este camino lo recorremos juntos, lo padecemos juntos, y lo disfrutamos juntos, en otras palabras, lo vivimos juntos.
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santiago cruz
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